2×05 – LA CODICIA CIEGA

Recuerdo que era un día soleado, muy parecido al de hoy, y ya había hecho los suficientes viajes como para alcanzar la suma necesaria para decir: “Devuelvo el auto y me voy a casa”. Pero en ese momento me vino la imagen de mi viejo, de cuando yo tendría 12 años y me invitó a acompañarlo al Casino. Él y yo haciendo algo solo, juntos, algo increíble. Me acuerdo que la sonrisa no se iba de mi boca, ni cuando viajábamos en auto, ni cuando estacionamos frente al luminoso casino, ni cuando compramos las fichas, llegamos a la mesa después de estar 10 minutos eligiendo cuál convenía. Incluso la sonrisa creció todavía más, cuando mi viejo ganó y la pila de fichas se multiplicó por diez.

En ese momento sentí que teníamos que irnos, tenía hambre. Siempre me quedó la sensación de haberle dicho de ir a comer una pizza y festejar. Pero mi viejo era “terco como él solo”, como bien decía mi madre, una de las pocas cosas con las que siempre estuve de acuerdo con ella. Obviamente decidió seguir jugando y una hora después había perdido todo.

Así me sentía yo, con la sensación de que si seguía trabajando iba a duplicar el promedio. Y obviamente no fue así. No por incapacidad mía, sino al igual que mi viejo, por mala suerte. Tanta mala suerte como la que tendría un tachero al que le toca una pasajera de esas que te incitan a acomodar el espejito retrovisor para mirarle las piernas, y que incluso aunque ella se da cuenta, no puedas dejar de mirarla.

La cuestión es que una chica de treintaypocos años, hermosa, de pelo corto, se subió y me pidió que la lleve al centro. Odio ir al centro pero no podía negarme. Los semáforos estaban claramente en mi contra, pero en cada esquina aprovechaba para mirarle las piernas o reacomodar el espejo. Hasta que en una esquina decidí pasar en amarillo. Repito: en amarillo, no en rojo. Mientras miraba el semáforo amarillo con un ojo, con el otro miraba las piernas de la chica, la pollera que tenía puesta las hacía todavía más lindas. Esa fue la última imagen que tuve: 2 piernas perfectas contenidas por una pequeña pollera.

Al abrir los ojos estaba en un hospital, con una enfermera cuyas piernas eran cinco veces más anchas que las de mi pasajera, que en su búsqueda de las palabras indicadas, demoró unos segundos en hablarme. Pero cuando lo hizo me tranquilizó: “Si no sentís las piernas no te preocupes, sólo te golpeaste muy fuerte una rodilla, te acaban de hacer unas placas, el resto del cuerpo está bien, salvo algunos leves rasguños, pero quedate tranquilo que estas bien”.

Cuando le pregunté por la chica que iba conmigo me dijo que no sabía, que iba a averiguar. Finalmente estaba en un hospital, solo, con una pierna inmovilizada y la otra que apenas la sentía. En la mesita de luz estaba mi celular, algo golpeado pero que todavía andaba. Al levantar el brazo para tomarlo me dolió todo el cuerpo. ¿A quién podía llamar? Si, llamé a la primera que me vino a la cabeza: Myriam. Al principio estaba muy sorprendida por el llamado, pero apenas le dije que estaba internado en un hospital no dudó en venir.

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  1. La semilla no cae muy lejos del árbol. Sólo que el flaco del taxi no se jugó ni a colorado ni a negro. Puso el pilón en el amarillo.
    Saluti!

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